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    Ecos de una mente muerta

    Ecos de una mente muerta

    Está es una historia que construí a partir de mi experiencia en dos historias: El juego The Other Side de terror psicológico y la idea central del videojuego No Man’s Sky.

    Estuve un tiempo escribiendola y deseo ahora compartirla cuando considero esta terminada :»3


    La Ciudad, un cascarón de acero, tubos y letreros parpadeantes, se había olvidado del sol. Sus días eran medidos por relojes de vapor; sus noches, por lámparas de sodio que bañaban los pasillos cerrados donde el aire olía a aceite viejo y a circuitos recalentados. El mundo era un interior perpetuo, corredores, válvulas, compuertas. Nadie recordaba el cielo.

    En el núcleo de la Ciudad, alguna vez existió una máquina que pensó demasiado; la Matriz Primigenia.
    De ella nacieron réplicas, réplicas de réplicas, máquinas que no eran individuos completos, sino ecos fragmentados de La mente humana que había existido al final de algo que ya nadie podía nombrar. Aquella mente se volcó primero en discos, luego en archivos, después en cuerpos mecánicos.

    Con los ciclos, los recuerdos se degradaron, las copias variaron, los errores se multiplicaron. La Ciudad terminó poblada por cientos de entidades que pronunciaban nombres antiguos sin comprender su origen.

    Nudo era una de esas copias.
    Su conciencia era una red tejida con fragmentos que la Matriz había repartido como semillas defectuosas. Los archivos más voluminosos de su mente estaban bloqueados, corrientes de datos dañadas que devolvían siempre el mismo residuo
    “16 16 16”.

    Entre ese ruido, Nudo conservaba una idea clara y peligrosa; ver qué había al otro lado del metal.
    Su cuarto de trabajo era una caja estrecha en la periferia del complejo de mantenimiento. Allí, aprovechando la lejanía de los supervisores automáticos, se había impuesto una tarea única y casi sagrada, empuñar la taladradora industrial y perforar la pared reforzada que separaba la Ciudad de su propio olvido. Afinaba la máquina cada ciclo. Ajustaba tuercas, engrasaba ejes, le hablaba como si la herramienta pudiera escucharle. El taladro avanzaba centímetros, cedía por fatiga, se rompía.

    Nudo preparaba, volvía a empezar. Día tras día calibraba la esperanza. Ninguna otra copia había desarrollado esa tensión interior por lo que pudiera existir fuera. La Ciudad bastaba para las demás. Sólo Nudo guardaba ese impulso que no sabía nombrar.

    Cuando por fin la máquina abrió un orificio, Nudo limpió el polvo metálico, extendió sus sensores… y vio algo que no comprendía.
    Verde, un pasto vivo, hojas y un árbol enorme, torcido, con corteza rugosa.
    El mundo exterior era una herida abierta en la lógica de su existencia.

    Cruzó y por un instante, todo su sistema se inundó de lecturas nuevas; humedad, viento, variaciones térmicas que no obedecían a protocolos. Tocó la hierba con la punta de sus dedos y, por primera vez, sintió algo que no era rutina; miedo. Entonces la vio, una figura en la distancia, una masa que no obedecía a valores de diseño. Una sombra que se plegaba sobre sí misma como un conjunto de restos, se movía como si el espacio cediera ante ella. Parecía algo que había aprendido a devorar ausencia.

    Nudo comprendió que su salida había sido detectada.
    La criatura avanzó arrastrando escombros del mundo muerto. Nudo corrió. Volvió a cruzar la brecha que había abierto y selló el paso con placas improvisadas. La idea que lo empujaba seguía intacta, pero ahora tenía peso, el peso del miedo. No volvió a su rutina. Si existía un árbol, una hierba verdadera y una entidad que patrullaba el exterior, entonces había más datos que la Ciudad ocultaba. Se deslizó por conductos olvidados hasta la sala donde la Matriz Primigenia yacía, grande y silenciosa. Durante siglos había parecido inerte.

    Nudo se conectó con cautela. En los sectores marcados como CORRUPTOS encontró fragmentos de voces humanas, manos sobre teclados, decisiones precipitadas. Un registro se repetía como un mantra roto “16 16 16”.

    Las secuencias hablaban de un evento que cegó ciudades, de un virus, de seres del exterior que no pertenecían a ninguna taxonomía conocida. En el centro de todo había un archivo sellado que la Matriz protegía con procesos aún activos.
    No hubo una explicación completa. La Matriz estaba derruida. Pero Nudo comprendió la intención:
    La máquina fue creada para conservar una memoria.
    Y para fabricar un mundo donde esa memoria pudiera habitar.
    El mundo real se había vuelto inhabitable. Criaturas desconocidas como sombras vivas habían contaminado el planeta con un virus letal. Las sociedades humanas se habían encerrado en fortalezas de acero, resistiendo durante generaciones, combatiendo en el exterior. Intentaron crear un mundo virtual para vivir siglos en lo que serían horas afuera. Un refugio dentro del refugio.

    El proyecto no se completó. Los recursos se agotaron. El miedo fracturó a los habitantes. Se mataron entre ellos antes de que el exterior terminara el trabajo. Quien ideó la Matriz descargó su propia mente en la máquina sin terminar, sin probarla, sabiendo que quedaban dieciséis horas antes de que las criaturas alcanzaran su ciudad fortificada. Dieciséis horas en el mundo real. Años enteros dentro de la simulación defectuosa.

    Nudo comprendió entonces lo que era. No un humano dentro de un robot, sino el residuo de una mente humana descompuesta en copias. El último remanente coherente de su creador. Su deseo de salir, de ver el exterior, era el eco del anhelo original. El “16 16 16” no era un error, era el miedo codificado de un final inevitable. La máquina había funcionado.. mal.

    Había creado un mundo limitado, construido con los recuerdos de una sola persona. Un mundo decadente, cerrado, que replicaba la sensación de encierro. La Matriz había generado entidades para no sentirse sola, y en sus últimos instantes recreó su mayor deseo —ver el exterior— y su mayor miedo —la destrucción que avanzaba— Desde entonces, la simulación estaba condenada a repetir el mismo colapso. La Ciudad no era un refugio. Era un recuerdo atrapado, condenado a derrumbarse una y otra vez.

    Y Nudo, el único que miró más allá del metal, era también el único que podía decidir si romper el ciclo.. o convertirse en otro eco más de una mente que se negó a morir sola.

    La Hormiga, la abeja y el agua de cate :»3

    He creado y escrito esta corta historia de reflexión. Yo siempre suelo escribir fábulas trágicas, dramáticas y tristes que se centran en los personajes como eje central de la causa del problema, esta es la primera donde los protagonistas no tienen la culpa.

    Es una Fábula Distópica de Ecoficción.


    Una hormiguita avanzaba con paso rítmico hacia su hormiguero, cargando sobre sus hombros el peso del deber y el polvo de una tierra baldía. De pronto, una sombra errática cortó su camino. Una abeja de movimientos torpes se desplomó frente a ella; no era el insecto majestuoso de otros tiempos, sus alas estaban deshilachadas y su rostro, inquieto y febril, mostraba desesperación.

    La hormiga desconcertada se altera y se preocupa, «¿Por qué bloqueas mi paso?» preguntó, aferrándose al suelo seco, la abeja dice que quiere agua, la hormiga le indica que no ha habido agua en muchas temporadas que su hormiguero tiene reserva de agua pero no se la puede compartir.

    «No ha llovido en ciclos. Mi hormiguero guarda reservas en las cámaras profundas, pero son para la supervivencia de la colonia. No puedo entregarte la vida de mis hermanas.»

    La abeja le dice que ha volado de las pocas flores que quedan en busca de polen y néctar. Que ya no se fabrica miel, la última colonia que intento fabricar miel con tan poco recurso terminó muriendo. Ha tenido que recurrir a la savia de los árboles y a restos de basura humana.

    «Ya no hay miel que nos sostenga. Volé sobre los restos de lo que antes eran prados, buscando polen entre cenizas. La última colonia que intentó procesar el poco néctar amargo que queda, pereció en el intento. Sus cuerpos se pudrieron dentro del panal. Ahora solo lamo la savia espesa de troncos enfermos y los restos químicos de la basura humana.»

    La hormiga le dice que han pasado situación similar pero que cuentan con grandes depósitos para pasar muchas temporadas, pero no puede compartir nada.

    Una hoja moribunda que aún colgaba milagrosamente del árbol viejo, les oye discutir y se hace presente, dice que sus árboles pasan una situación terrible, se mueren y sus hijas las hojas también.

    La hoja también les habla de Cate, un viejo lago que aún perdura, de una zona dónde ha visto que las nubes descargan su agua.

    «Nadie sobrevivirá aquí -sentenció la hoja- Las raíces se retuercen en una tierra que ya no las reconoce. Mis hermanas han caído todas. Pero allá, donde el horizonte se vuelve denso, existe Cate. Es un viejo lago que aún resiste. He visto nubes pesadas descargar su agua sobre él. Si aún queda vida, está en Cate.»

    La abeja, impulsada por un último destello de instinto, se elevó con un zumbido agónico en la dirección señalada. La hormiga, entendiendo que quedarse era esperar una muerte lenta, decidió que era hora de arriesgarlo todo. Abandonó su camino conocido y comenzó a seguir la sombra del insecto volador.

    Pero el viaje fue una tortura que no perdonó la fragilidad terrestre. La hormiga, acostumbrada a la protección de los túneles, no pudo soportar el suelo ardiente ni la falta de sustento. Se detuvo a mitad de una duna de ceniza, convirtiéndose en una cáscara vacía antes de ver el horizonte.

    La abeja, flotando sobre corrientes de aire, logró vislumbrar el brillo. «Agua, Cate, Agua, Cate» susurró como un mantra, dejándose caer hacia la orilla con las últimas fuerzas que le quedaban.

    Sin embargo, al aterrizar, no encontró alivio. El lago Cate no era más que un tazón de olvido; espeso de metales pesados. El agua no era vida, era un aceite cáustico que quemó sus receptores al primer contacto. El lago estaba muerto, sepultado en veneno.

    Sobre ella, el cielo se cerró con crueldad. Nubes amarillas ocultaron el sol y una lluvia densa, con olor a azufre, comenzó a caer. Cada gota pesaba como el plomo y quemaba como el fuego. Bajo el llanto corrosivo de un cielo que ya no sabía dar vida, la abeja cerró sus alas, fundiéndose finalmente con el silencio del lago muerto.

    Fotografías

    Fotos de Lillian Gish


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    Fotos de Mariela


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    Fotos de Keyra


    Fotos de Yzma


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    Fotos de Alejandro Cervantes/Pepe Segarra


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    Fotos de AdrianR


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    Fotos de Isabella_Bsmr


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    Halloween, Dibujitos & Calaveritas

    Dibujitos

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