He creado y escrito esta corta historia de reflexión. Yo siempre suelo escribir fábulas trágicas, dramáticas y tristes que se centran en los personajes como eje central de la causa del problema, esta es la primera donde los protagonistas no tienen la culpa.
Es una Fábula Distópica de Ecoficción.
Una hormiguita avanzaba con paso rítmico hacia su hormiguero, cargando sobre sus hombros el peso del deber y el polvo de una tierra baldía. De pronto, una sombra errática cortó su camino. Una abeja de movimientos torpes se desplomó frente a ella; no era el insecto majestuoso de otros tiempos, sus alas estaban deshilachadas y su rostro, inquieto y febril, mostraba desesperación.
La hormiga desconcertada se altera y se preocupa, «¿Por qué bloqueas mi paso?» preguntó, aferrándose al suelo seco, la abeja dice que quiere agua, la hormiga le indica que no ha habido agua en muchas temporadas que su hormiguero tiene reserva de agua pero no se la puede compartir.
«No ha llovido en ciclos. Mi hormiguero guarda reservas en las cámaras profundas, pero son para la supervivencia de la colonia. No puedo entregarte la vida de mis hermanas.»
La abeja le dice que ha volado de las pocas flores que quedan en busca de polen y néctar. Que ya no se fabrica miel, la última colonia que intento fabricar miel con tan poco recurso terminó muriendo. Ha tenido que recurrir a la savia de los árboles y a restos de basura humana.
«Ya no hay miel que nos sostenga. Volé sobre los restos de lo que antes eran prados, buscando polen entre cenizas. La última colonia que intentó procesar el poco néctar amargo que queda, pereció en el intento. Sus cuerpos se pudrieron dentro del panal. Ahora solo lamo la savia espesa de troncos enfermos y los restos químicos de la basura humana.»
La hormiga le dice que han pasado situación similar pero que cuentan con grandes depósitos para pasar muchas temporadas, pero no puede compartir nada.
Una hoja moribunda que aún colgaba milagrosamente del árbol viejo, les oye discutir y se hace presente, dice que sus árboles pasan una situación terrible, se mueren y sus hijas las hojas también.
La hoja también les habla de Cate, un viejo lago que aún perdura, de una zona dónde ha visto que las nubes descargan su agua.
«Nadie sobrevivirá aquí -sentenció la hoja- Las raíces se retuercen en una tierra que ya no las reconoce. Mis hermanas han caído todas. Pero allá, donde el horizonte se vuelve denso, existe Cate. Es un viejo lago que aún resiste. He visto nubes pesadas descargar su agua sobre él. Si aún queda vida, está en Cate.»
La abeja, impulsada por un último destello de instinto, se elevó con un zumbido agónico en la dirección señalada. La hormiga, entendiendo que quedarse era esperar una muerte lenta, decidió que era hora de arriesgarlo todo. Abandonó su camino conocido y comenzó a seguir la sombra del insecto volador.
Pero el viaje fue una tortura que no perdonó la fragilidad terrestre. La hormiga, acostumbrada a la protección de los túneles, no pudo soportar el suelo ardiente ni la falta de sustento. Se detuvo a mitad de una duna de ceniza, convirtiéndose en una cáscara vacía antes de ver el horizonte.
La abeja, flotando sobre corrientes de aire, logró vislumbrar el brillo. «Agua, Cate, Agua, Cate» susurró como un mantra, dejándose caer hacia la orilla con las últimas fuerzas que le quedaban.
Sin embargo, al aterrizar, no encontró alivio. El lago Cate no era más que un tazón de olvido; espeso de metales pesados. El agua no era vida, era un aceite cáustico que quemó sus receptores al primer contacto. El lago estaba muerto, sepultado en veneno.
Sobre ella, el cielo se cerró con crueldad. Nubes amarillas ocultaron el sol y una lluvia densa, con olor a azufre, comenzó a caer. Cada gota pesaba como el plomo y quemaba como el fuego. Bajo el llanto corrosivo de un cielo que ya no sabía dar vida, la abeja cerró sus alas, fundiéndose finalmente con el silencio del lago muerto.